Un tipo con suerte

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Al comienzo ella creía que yo tomaba las mejores decisiones, que todo lo que hacía era correcto; luego dijo que yo solo tenía suerte y que ella no podía estar con un tipo que dependía solo de la suerte. Le expliqué que de lo único que dependía era de ella, que si me dejaba ninguna cantidad de suerte me iba a salvar de la locura –mientras le decía esto, conscientemente le ofrecía a un dios en el que nunca creí cambiarle toda mi suerte (que era mucha, en eso ella tenía razón) por que ella se quedara-, que a un tipo con suerte no le pasan estas cosas.

Lloramos y discutimos toda la noche, siempre traté de convencerla de que se quedara, le prometí todo lo que un hombre verdaderamente enamorado le promete a la que cree que es la mujer de su vida, esto no era más que lo que puede ofrecer un buen perro: lealtad y amor incondicionales. Ella lloraba más fuerte cada vez que rechazaba mis proposiciones, la última declarada bajo lo que ella alguna vez me pidió: matrimonio. En ese preciso momento me odié por no tener un anillo, sé que no habría cambiado nada pero por primera vez sentí que no tenía suerte y que de verdad la perdía.

Durante esas horas me bebí todo el whisky que tenía guardado, fumamos tanto que el pobre perro nos miraba triste y lánguido desde el patio porque el humo le molestaba demasiado como para entrar y acompañarnos. Si, como dicen, los perros huelen las emociones supongo que el olor de esa noche debe haber sido uno de los más repugnantes: olor a tabaco y dolor, a whisky y pena, melancolía transportada en volutas de humo. Nunca es bonito ver a dos personas destrozarse el corazón así, tan civilizadamente, sin un grito, sin alzar la voz, simplemente hiriéndose con reproches y palabras difíciles de olvidar, dichas para no ser olvidadas. Sin saber ya como detenerse.

Hasta que nos quedamos sin cigarros y dejamos de hablarnos. Los ojos hinchados como si las palabras hubiesen sido furiosos puños. Un tenso, un triste silencio disminuye la temperatura en la sala. Le doy la espalda unos minutos, tanteo mis bolsillos y compruebo que no tengo que ir hasta el cuarto por las llaves. Le digo que voy por cigarros que por favor me espere. Decido llevarme a Jack a la tienda, sé que ella no estará cuando vuelva y temo que se lo lleve.

Compro los cigarrillos, trato de prender uno pero la mano y la pierna derecha me tiemblan demasiado. Me siento y lo mismo hace Jack a mi lado. Me doy cuenta de que ella no estará cuando regrese y no le dije adiós. Ahora lloro y empieza a llover, aún no sé si sigo teniendo suerte.

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