Historia, con pájaro

Ilustración de Tatsuro Kiuchi

Ilustración de Tatsuro Kiuchi

por Kevin Canty

En algún momento cerca del final, ella decidió que beber era el problema. Así que nos detuvimos en frío, los dos, en medio de febrero. Uno de esos inviernos en los que el cielo se cierne sobre la ciudad como un techo gris que nunca cambia. Hielo antiguo y nieve ennegrecida en las cunetas. Quizá fue un error.

Quizá fue un error, pero ella podía estar en lo cierto también. Desde entonces he dejado de beber aunque por razones propias. Pero en ese momento fue una prueba –como todo era una prueba– de cuánto aguantaríamos con tal de permanecer juntos.

Y nos mantuvimos sobrios por el resto del invierno. Fue interesante, de alguna manera. Fue una salida para nosotros, de las largas noches bebiendo y riendo y peleando y teniendo sexo. Teníamos una modesta cena saludable y luego veíamos una película, y luego parecía que no había nada más para hacer. Ella iría abajo a trabajar en su pequeña oficina y yo iría a la cama y escucharía el viento en los aleros, las ramas raspando las ventanas. Los días, por supuesto, eran en realidad mejores: sin resacas, montones de energía. Estaba despierto a las seis, antes del amanecer, y los dos estábamos terminando una gran cantidad de trabajo. Sí, a veces se sentía como una penitencia, pero otras veces se sentía como si hubiésemos resuelto un problema, emprendido una nueva forma de vida, hecho algo importante y hecho juntos.

Esto duró hasta el verano, hasta una noche de mayo. Yo estaba afuera en el porche, fumando un cigarrillo, disfrutando del largo y lento crepúsculo de la primavera en el norte, cuando la oí gritar dentro del departamento. Cuando entré corriendo, había un pájaro volando en círculos sobre su cabeza. Debería explicar un poco este departamento: era muy agradable, muy nuevo, y la parte principal estaba abierta en el segundo piso. La sala de estar era una especie de galería arriba, con la oficina y el baño debajo. El pájaro estaba dando vueltas en el medio de este gran espacio abierto, evidentemente en pánico, y ella estaba tratando de golpearlo con una escoba. Hasta ahora, ella había volteado una silla y una tetera.

Le pedí que se detuviera.

Ella quería saber qué tenía en mente.

Estábamos en el punto en el que todo era una competencia –la manera correcta de lavar los platos, conducir un auto, sacar a un pájaro de una habitación. Ella accedió a probar la manera que me enseñó mi madre, así que abrimos todas las ventanas y las cortinas, apagamos las luces y salimos de la habitación. Nos sentamos afuera y compartimos un cigarrillo. Ella iba a ir a una boda en California el próximo fin de semana. Sabía que era una tontería, pero se lo pregunté de todas maneras: ¿iba a beber en la boda?

Por supuesto que sí. Todos iban a hacerlo.

¿Qué hay de, ya sabes, lo que acordamos?

Yo no soy la del problema, dijo ella. Tú eres el que tiene un problema.

Me fui a caminar luego de ese comentario, junto al río, el sendero de grava lleno de paseadores de perros y ciclistas y chicas universitarias jugando con Frisbees en el crepúsculo. Yo sabía que la tienda junto al departamento estaría abierta hasta las once, y empecé a darle vueltas al asunto en mi mente: un buen Côtes du Rhône, quizá, o un rosé que nos gustaba que no era tan dulce. Eso o podía comprar un limón y un poco de agua tónica. Todavía teníamos una botella de Bombay en la congeladora, tres cuartos llena, que debería decirte algo sobre lo que estábamos haciendo.

Si no estábamos en esto juntos…

El pájaro se había ido cuando llegué a casa, y ella estaba trabajando en su oficina. Abrí una botella de soda. Habría tiempo para el resto luego.

El pájaro volvió, algunas noches después. Al menos creo que era el mismo pájaro. Mi conocimiento de estas cosas es del nivel de un jardín de infantes: petirrojo, gaviota, urraca, cuervo. Pero este tenía el mismo pecho amarillo y una mancha redonda y negra sobre su cabeza, como si llevara una boina.

Era una deliciosa noche de primavera, y yo había abierto todas las ventanas. Estaba sentado en una buena silla bajo la lámpara, con el resto de la casa a oscuras, tomando ginebra y leyendo uno de sus libros de poesía. Esto era cuando ella estaba en la boda, durmiendo con su ex novio. Me enteré luego. Leo poesía casi una vez al año, pero esta vez estaba buscando algo, algún secreto o alguna pista. De todos modos esa era la corazonada que tenía, pero lo que estaba entre las cubiertas solo parecía un farfullo inteligente. Yo quería algo de la vieja angustia. Puse su libro de vuelta en el librero, cuidadosamente, para que ella no supiera que lo había tomado, para que no supiera que había estado buscando sus secretos. Encontré mi copia de Auden de la universidad, me serví un poco más y me acomodé de nuevo: El infierno no está ni aquí ni allá…

Justo en ese momento el pájaro volvió. Dio vueltas bajo el gran ventilador de techo, que giraba despacio pero igual me preocupó. Apagué el ventilador, luego la lámpara. El sonido de las alas en la oscuridad era inquietante. Luego el aleteo se detuvo, y pensé que se había ido, pero cuando prendí de nuevo la luz sabía que estaba en algún lugar de la habitación. Simplemente tenía la sensación de estar siendo observado. Y ahí estaba, arriba en la barandilla de la sala de estar, mirándome. Apenas podía distinguir su forma, pero vi sus ojos, relucientes.

Ojos de animal en la oscuridad.

No era que el pájaro fuera a herirme ni nada, pero su presencia me ponía incómodo, así que salí al porche con mi poesía y mi ginebra. Lo que sea que haya hecho que Auden pareciera posible adentro, bajo una silenciosa luz solitaria, no funcionaba para nada en la cada vez más cálida noche, dejé el libro y me concentré en mi ginebra. Cuando volví a entrar para servirme un poco más, no pude saber si el pájaro seguía ahí. Bajo la luz del refrigerador, tuve la horrible sensación de que iba a posarse en mi espalda o en mi cabeza, así que salí de nuevo con mi trago y mis pensamientos. Estaba pensando en las cosas a las que le tenía miedo: la probabilidad de la pérdida, de la soledad. Pero entonces me encontré recordando otro tiempo: un viaje que habíamos hecho a través de las montañas, ella y yo, que terminó en unas descuidadas aguas termales al final de un camino de tierra. El alojamiento era gris y estaba en ruinas. Los hippies que lo administraban parecían estar esperando algo que no iba a llegar. Tenían una mirada resignada, con los ojos en blanco, del tipo que ves en los sobrevivientes de un tsunami o de un tifón. Sufrimiento que ni siquiera sabe su propio nombre.

Después de las diez solo los huéspedes del alojamiento estaban permitidos en la piscina, y nosotros parecíamos ser los únicos huéspedes. Esto es lo que recuerdo: salir en nuestras batas, quitarnos las batas, entrar desnudos en el agua caliente, sintiéndola rodear nuestros cuerpos. Era el final del otoño, así que el aire estaba frío, y el vapor subía desde el agua caliente. Nos estábamos tocando. Estábamos escondidos por el vapor, de todas maneras nadie nos miraba, luego a veces el vapor se disipaba un poco o desaparecía por completo y podíamos echar un breve vistazo a un brillante cielo nocturno con claras, limpias y centelleantes estrellas antes que la niebla se apresurara a volver. Y luego estaba dentro de ella, en los escalones del otro extremo de la piscina, mitad adentro y mitad afuera del agua, por lo que parecía que no había distinción entre mi cuerpo y el suyo, entre el agua y el aire, y nos estábamos moviendo lentamente uno contra el otro, sin prisa, cuando el vapor se abrió y ahí, a unos cuantos metros, mirándonos directamente, estaba un ciervo con grandes astas y unas cuantas de su harén.

Ojos de animal en la oscuridad.

Ningún ojo humano podía vernos, y no paramos. Pero creo que los dos sentimos esos ojos animales sobre nosotros mientras nos movíamos en la oscuridad, en el espacio entre el aire y el agua. Cambió la situación, de alguna manera. Podía recordar esa sensación, sentado ahí afuera en mi porche. Ella y yo y el ciervo mirando. Cambió la situación.

Me desperté con la primera luz, a las seis más o menos, con un dolor sordo detrás de los ojos y una enorme sed. Todas las ventanas de la casa seguían abiertas y una brisa fría, casi helada, soplaba a través del departamento. El pájaro se había ido.

Al menos no lo vi mientras fui ventana a ventana, cerrando la casa. Tampoco lo encontré después, mientras limpiaba el departamento. Ella debía llegar de la boda esa noche, y yo quería que todo estuviera bien para su regreso. Los lavaderos y encimeros y todo lo demás. Era un lugar bonito, y lo habíamos amoblado juntos, aunque era más su gusto que el mío. Nunca iba a estar lo suficientemente limpio para hacer una diferencia entre nosotros, pero seguí en ello hasta que brilló.

¿Esperaba qué? Nada bueno. Trataba de no pensar en eso.

Pero cuando salió de la zona de seguridad ella estaba feliz de verme, y vi de inmediato lo hermosa que era, y cuánto la amaba. ¡Esa sonrisa cuando me vio! Luego, ella me dijo lo miserable que había sido, y yo le creí. Pero yo también conocía esa sonrisa, esos momentos de sentimiento puro, simple felicidad. Y la felicidad que respondía en mí.

En el camino a casa, ella me pidió que me detuviera en la licorería, y compró una botella nueva de Bombay, y cuando llegamos a casa me llevó al cuarto y se quitó la ropa y me jaló hacia la cama, para lo cual no necesitaba que me ruegue: sexo rápido, caliente, descuidado. Después fue desnuda a la cocina e hizo un gin-and-tonic para cada uno, a la manera que le gustaba, con mucha ginebra y mucho limón y solo un poco de agua tónica, me entregó el vaso y dijo, hola, extraño.

Tuvimos unas cuantas semanas de esto. Yo en realidad no esperaba más, para ser honesto. Todas las fichas ya habían sido jugadas. Comíamos mantequilla y filetes y atún claro que cuesta veinticuatro dólares la libra, bebíamos champán francés y vodka ruso, peleábamos como dos gatos encerrados y luego nos reconciliábamos a las tres de la mañana y teníamos sexo torpe y sentimental. Jugábamos Scrabble a altas horas de la noche, solo los dos. Fumábamos cigarrillos hasta que nuestros pulmones se sentían como lijas. El mundo se dividía en las borracheras y la resaca, día y noche, y vivíamos durante las noches, las que terminaban en un espacio en blanco, para despertar con recuerdos vagos.

Y luego fue verano. Llenamos el auto con vino rosa y sándwiches, manzanas y libros de bolsillo, y nos dirigimos al sur en autopistas de dos carriles, saltándonos las interestatales en favor de los pequeños pueblos con perros vagabundos y barmans alegres. Sus pies desnudos arriba del tablero. Picos blancos a la distancia, llanuras verdes bajo la luz del sol, reluciendo hacia el horizonte. Nos quedamos en hoteles únicos en su clase, el Bavarian Inn en Sun Valley, el Shady Grove Motor Court en Mexican Hat. Acabamos siguiendo el río Dolores hacía el sur, a través de cañones de piedra roja manchados con antigua creosota, buscando arte rupestre en lo alto del borde del cañón. Vimos pequeños hombres bailando y estrellas y constelaciones grabados en los muros.

La dejé en el aeropuerto en Denver y seguí hacía el sur, para quedarme con mi hermana en Arizona. Ella voló a casa para empacar sus cosas e irse.

No nos casamos, aunque los dos habíamos pensado que lo haríamos. Y nunca tuvimos un perro. Queríamos uno, pero nunca nos pusimos de acuerdo en la raza: ella quería un corgi y yo quería un golden retriever. Es extraño como esos planes que hicimos siguen flotando ahí afuera, sin nosotros. Las posibilidades. ¿Qué hubiera pasado si hubiera aceptado el corgi? ¿Qué hubiera pasado después de eso?

Apenas llegué a casa desde Arizona supe que no podría quedarme en ese hermoso departamento. Ella estaba en todas partes, no solo en los muebles y en los espejos y en los cuadros de las paredes –se había ido apurada, como una mujer huyendo de una ciudad en llamas– sino en los planes que habíamos hecho y nunca llevamos a cabo. Encontré una pareja de estudiantes graduados que se hicieron cargo del alquiler y conseguí una pequeña casa al otro lado de la ciudad –bastante agradable, pero no se comparaba con ese departamento.

La noche antes de mudarme, me preparé un gin-and-tonic y fui de cuarto en cuarto, mirando todas las ausencias: libreros, closets vacíos. El olor floral de sus varios productos y lociones todavía estaba en el aire. Cada molécula del lugar era suya. Llevé mi bebida al porche y me senté en una de las dos sillas, la otra estaba vacía. Era una delicada y fresca noche de verano, un pequeño indicio del próximo otoño. Podía tener cualquier tipo de perro ahora. Podía beber cuando quisiera. Pero, mientras pensaba esto, también entendí que sin ella ahí para hacerme compañía, sin ella ahí para discutir conmigo al respecto, muy pronto no tendría ningún sentido. Y en eso yo tenía razón.

Versión original en inglés: Story, with bird

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