Ella no se ha ido

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She’s Not Gone

Someone enters your life
on a day you no longer
remember. The years pass,
and she becomes the mother
you never had, the older
sister smoking before breakfast,
the first friend. She lies back
on the worn sofa in the heat
of summer and shares a season
of baseball. When you are
twelve she explains the world,
how the people were sold
down the river, how someone
will always work and waste
away to these essential bones,
muscles, and tendons. She explains
your brother, who at sixteen
needs two clean shirts a day
and will grow to command, she
explains you, who will never,
and she blesses you with a hand
mussing your hair. One day
she is gone, over forty and she
has fallen in love again,
and love has taken her off
to a man with one leg
and no prospects. A postcard
from California and then
a silence that lasts.
The ironing board waits
in the corner, the worn black
shoes are kicked back into
the closet, her yellowing slip
sags on the back of her chair
until your mother, cursing,
tears it into rags and garbage.
You will look and find her
in the long jaws of other
women, in the hard eyes
that can gleam without hope,
you will find her again
and again because with
two open hands, with a voice
that said anything, with
a new smile for each
new loss, she showed you
a world she could die for.

Alguien entra en tu vida
en un día que tú ya no
recuerdas. Los años pasan,
y ella se convierte en la madre
que nunca tuviste, la hermana mayor
fumando antes del desayuno,
la primera amiga. Ella se recuesta
en el sofá desgastado en el calor
del verano y comparte una temporada
de béisbol. Cuando tienes
doce ella te explica el mundo,
cómo la gente era vendida
río abajo, cómo alguien
siempre trabajará y se consumirá
a estos esenciales huesos,
músculos, y tendones. Ella te explica
a tu hermano, quien a los dieciséis
necesita dos camisas limpias al día
y crecerá para mandar, ella
te explica a ti mismo, que nunca lo harás,
y te bendice con una mano
desarreglándote el cabello. Un día
ella se ha ido, más de cuarenta y se
ha vuelto a enamorar,
y el amor la ha llevado
a un hombre con una pierna
y sin perspectivas. Una postal
desde California y luego
un silencio que perdura.
La tabla de planchar espera
en la esquina, los desgastados
zapatos negros son pateados de vuelta
al closet, su enagua amarillenta
cuelga en el respaldo de su silla
hasta que tu madre, maldiciendo,
la hace jirones y basura.
La buscarás y la encontrarás
en las largas mandíbulas de otras
mujeres, en los duros ojos
que pueden brillar sin esperanza,
la encontrarás de nuevo
y de nuevo porque con
dos manos abiertas, con una voz
que dijo algo, con
una nueva sonrisa por cada
nueva pérdida, ella te enseñó
un mundo por el que podría morir.

In memoriam Philip Levine

Vox Humana

I haunted a basketmaker’s shop.
Spending days tearing pictures from magazines, taping them to the walls of my prison.
I remember walking by the sand, each knob represented a different frequency range,
and I remember holding the hand of the skeleton prince and he swept me into his arms, and he, he had tremolo deep in the back of his black eye sockets, and he said,
“Do you want to come away with me into the pitch black pool?”
And I said, “I don’t know, I don’t know, I don’t know…”
Photocopied
The wind ripped through the trees and all the stained-glass windows rattled.
I haunted a basketmaker’s shop in 1927
And on the beach in the summer there were thunderstorms constantly, and they were unpredictable, nobody knew when they would come and nobody knew how long they’d last.
Sometimes they’d only last five minutes, and sometimes, weeks.
I haunted a basketmaker’s shop because I had nowhere to go
(one long weekend)
Stained-glass windows turning off and on and the tremolo in the back dark corners,
cobwebs stripped, mildewed.
I remember acoustic guitars and bells, I remember the cathedral.
I remember cassettes, cathedral.
I remember cassette cathedral.
I remember cassette cathedral.

Yo solía penar en la tienda de un cestero
Me pasaba los días arrancando paginas de revistas y pegándolas luego en las paredes de mi prisión.
Me recuerdo caminando sobre la arena, llevando mi detector como a un perro inquieto, de vez en cuando moviendo las perillas, cambiando la frecuencia
De repente estoy sujetando la mano del esqueleto de un príncipe, sé que es un príncipe porque aún lleva su corona, mientras tomo su mano él me arrastra hacía sus brazos y yo no puedo más que mirar el insondable hoyo en la cuenca de sus ojos, desde el fondo de ese abismo negro siento el trémolo de una voz inefable, es él, diciéndome: ¿quieres venir conmigo a la piscina de color negro?
Yo no puedo dejar de mirar el negro infinito que reemplaza sus ojos mientras le digo: no lo sé, no lo sé, no lo sé…
Luego recuerdo el viento furioso y lo que provocaba, recuerdo el sonido de los árboles, la vidriera de colores temblando y repitiendo el trémolo de la voz que me hizo aquella pregunta
Yo solía penar en la tienda de un cestero en 1927
El verano de aquel año estuvo plagado de tormentas impredecibles, las nubes negras aparecían de repente como si siempre hubiesen estado ahí y solo el primer relámpago las hiciera visibles Nadie sabía cuándo iban a llegar y nadie sabía cuánto tiempo iban a durar, porque bien podían durar cinco minutos o una semana entera
Yo solía penar en la tienda de un cestero porque no tenía adonde ir
Fue el fin de semana más largo de mi vida (o el final de ella)
Recuerdo la vidriera de colores prendiéndose y apagándose como una lámpara vieja, aquel trémolo que provenía de las esquinas más oscuras donde solo había telarañas destruidas y madera enmohecida.
No sé por qué pero en vez del ruido de la tempestad solo recuerdo el sonido de guitarras acústicas y el tañer de las campanas. Recuerdo la catedral.
Recuerdo casetes y recuerdo la catedral.
Solo recuerdo…